“Un proyecto de esta naturaleza, desarrollado en un contexto tan complejo, deja sin duda múltiples lecciones que se deben aprovechar para continuar haciendo una arquitectura de mayor calidad, orientada a mejorar la vida de las comunidades”, reflexiona el arquitecto Juan Salamanca Balen, responsable del diseño del Centro Etnoeducativo Walirumana, ubicado en Uribia (La Guajira).

El diseño sobre centro etnoeducativo
El planteamiento de este proyecto está fundamentado en las raíces culturales wayús, situación que favoreció una genuina apropiación por parte de la comunidad a la que está dirigido. No obstante, al hacer un análisis retrospectivo, Salamanca considera que se podrían haber aprovechado mejor los materiales locales —particularmente del yotojoro—, “así como tener una mejor comprensión de la cadena de suministro y su uso. Todo esto habría generado un impacto más significativo entre los habitantes, fortaleciendo además la economía local”.

Implantado en un entorno construido predominantemente con tierra, la incorporación en este centro etnoeducativo de una nueva forma de materialización, mediante el uso de bloques de tierra compactada, representó una oportunidad para lograr mayor durabilidad y reducir las necesidades de mantenimiento.

Su arquitectura se construye no solo para promover la cosmovisión cultural de sus habitantes, sino también para generar espacios que fomenten el bienestar comunitario, ofrezcan a las nuevas generaciones una visión de futuro e impulsen economías locales, como la producción artesanal.
Salamanca explica que comprender el potencial del diseño como herramienta para la generación de recursos es fundamental para la arquitectura en este tipo de contextos. “La cubierta plegada, concebida para la recolección de aguas lluvias, aporta beneficios significativos a la comunidad, pues permite evidenciar cómo la forma arquitectónica puede integrarse de manera funcional y sostenible al contexto local”, recalca.
