El eclecticismo de estilos arquitectónicos que se puede encontrar en el campus de la Pontificia Universidad Javeriana en Bogotá define su identidad diversa y la multiplicidad de sus usos. Esa mezcla, que está contenida en la sede de la Facultad de Ingeniería, es un buen ejemplo para entenderla. En 2020 se inauguró el edificio de laboratorios, que se integró a una estructura de ladrillo ya existente, y que dialoga con el resto de su entorno de diferentes maneras.

Visible desde la avenida Caracas, este edificio tiene 70 metros de altura y 14 pisos —que albergan 1.200 metros cuadrados—, los cuales responden a la idea de crear un campus vertical. Para hacer realidad ese concepto, la universidad abrió un concurso privado ganado por el arquitecto Juan Pablo Ortiz y el estudio Taller 301, que unidos lograron proponer este proyecto arquitectónico y urbano.

En palabras de Ortiz, el punto de partida fue “un basamento de concreto que contiene un laboratorio especializado de estructuras a más de doce metros de profundidad, anclado en el cerro y dotado de luz natural”. Además, un atrio anexo comunica la estructura con el resto de la universidad. “Se vincula de manera fluida y franca, con todos los niveles del campus que en él convergen”, asegura.

Uno de esos diálogos entre el transeúnte y el edificio es la vista hacia el laboratorio al que se refiere el arquitecto, que se exhibe tras un gran ventanal. Es impresionante ver adentro una grúa a escala bajo techo, que se utiliza para pruebas.
Detalles del diseño del edificio
La estructura tuvo un trabajo de ingeniería importante, pues cada laboratorio se ubicó a una altura específica según su peso y su uso. Un espacio sobre otro, como cajas apiladas, va formando la torre, coronada con una terraza. Desde arriba, la vista al resto de la universidad y a la ciudad está enmarcada por los mismos perfiles metálicos que se elevan hasta allí.

Ese sistema de espacios apilados se puede apreciar en la estructura, desde fuera. Perfiles de acero verticales y horizontales crean una retícula que define las cuatro caras del edificio. Ese aspecto prioriza la funcionalidad sobre el ornamento, y le da protagonismo a lo que en proyectos más convencionales se oculta o se disimula. Eso se puede ver incluso en la irregularidad del acero, que es producto de los procesos artesanales con los que se trata este material.

Ortiz explica que este acero se prefabrica y luego se instala. “Fue la primera construcción de este tipo en Colombia y me atrevo a decir que de las pocas erigidas con este sistema en América Latina. Su estructura es un exoesqueleto de acero que se convierte en su fachada, y hace que la ingeniería sea la expresión arquitectónica del edificio.

Es como si fuera una artesanía de grandes proporciones, a la manera de un gran canasto, con una elegante urdimbre de acero. Su cerramiento es casi imperceptible, gracias a la transparencia de sus vidrios bajos en hierro, que se instalan detrás de la estructura portátil y oculta así sus marcos”.

“Para nuestro estudio, construir es siempre aprender, es una evolución continua. Se requiere una actitud de aprendiz, que propende a una perfección que nunca se podrá alcanzar. De esta manera, cuidamos cada decisión, cada detalle, cada componente en busca de la excelencia, paso a paso; sin embargo, siempre existirán cosas que mejorar, pero para eso tenemos que esperar la construcción de un próximo edificio”, concluye Ortiz.
